mesa. Subimos al viejo Henry por el nuevo sendero para caballos y empezamos a hacer vida de hogar. Estábamos listos ahora para lo que llamábamos excavar. Construimos repisas anchas alrededor de nuestro dormitorio, y allí pusimos los objetos más pequeños que encontrábamos en la Ciudad de los Acantilados. Numeramos cada espécimen, y en mi diario anoté exactamente dónde y en qué condiciones lo habíamos hallado, y para qué creíamos que se había usado. Había conseguido el libro mayor de un comerciante en Tarpin, y todas las noches después de cenar, mientras Roddy leía los periódicos, me sentaba a la mesa de la cocina y redactaba un relato del trabajo del día.
Henry, además de ocuparse de las tareas domésticas, estaba muy deseoso de ayudarnos en las «ru-inas», como él las llamaba. Era más paciente que nosotros, y cavaba con los dedos durante medio día para sacar una vasija de un montón de basura sin romperla.
Al fin y al cabo, el viejo tenía un conocimiento del mundo más amplio que cualquiera de los dos, y a menudo resultaba útil. Cuando estábamos trabajando en una casa de color rosa pálido, de dos pisos, y una especie de balcón ante las ventanas superiores, dimos con un armario en la pared de la habitación de arriba; en este había una serie de cosas curiosas, entre ellas una bolsa de piel de ciervo llena de pequeñas herramientas.
Henry dijo de inmediato que eran instrumentos quirúrgicos: una lanceta de piedra, un manojo de finas agujas de hueso, unas pinzas de madera y un catéter.
Una cosa sabíamos de esta gente: no habían construido su pueblo a la carrera. Todo demostraba su paciencia y premeditación.