Cuatro mil no está nada mal, no te los encuentras todos los días. Y él corrió con todos los gastos. Vaya, fue un trabajo terriblemente costoso sacar toda esa frágil baratija de aquí. ¿Quién más la habría comprado, quiero saber? Habríamos tenido que cargar con ella por los hoteles Harvey, vendiéndola a dólar el bol, como hacen los pobres indios. Tomé la mejor oportunidad que se presentaba, para los dos, Tom.
No dije nada, porque había demasiado que decir.
Me quedé afuera de la cabaña hasta que la luz dorada se volvió azul y salieron unas pocas estrellas, apenas más brillantes que el cielo luminoso en el que titilaban, y las golondrinas pasaron volando sobre nosotros, de camino a sus nidos en los acantilados. Era la hora del día en que todo vuelve a casa.
Por costumbre y por cansancio entré por la puerta. La mesa de la cocina estaba puesta para la cena, podía oler un estofado de conejo cocinándose en la estufa. Blake encendió el farol y me suplicó que cenara. No fui al dormitorio, porque sabía que los estantes allí estaban vacíos. Oía a Blake hablarme como se oye hablar a la gente cuando uno está dormido.
—¿Quién más los habría comprado? —no paraba de decir—. La gente arma un gran alboroto por cosas así, pero no quiere pagar buen dinero por ellas.
Cuando por fin le dije que jamás se me había pasado por la cabeza la idea de venderlas, estoy seguro de que pensó que le estaba mintiendo.
Me recordó cómo solíamos hablar de conseguir un dineral del Gobierno.
Reconocí que había tenido la esperanza de que nos pagaran por nuestro trabajo, y tal vez de recibir algún tipo de bonificación, por nuestro descubrimiento.