Al final del semestre, St. Peter fue a Chicago con Rosamond para ayudarla a comprar cosas para su casa de campo. Tenía muchas ganas de quedarse en casa y descansar; aquel invierno el trabajo de la universidad pareció agotarlo más que nunca, pero Rosamond se había empeñado en que fuera, y la señora St. Peter le dijo que no podía negarse. Un comerciante de Chicago había traído un lote de muebles españoles antiguos, y en esto el criterio de nadie sería mejor que el de St. Peter. Se supo también que entendía bastante de alfombras. Cuando su mujer decía que algo tenía que hacerse, el profesor solía hacerlo, por un hábito muy arraigado. Su instinto sobre lo que uno le debía a los demás era mejor que el suyo.
Louie los acompañó hasta Chicago, donde debía reunirse con su hermano, el del negocio de la seda en China, y continuar con él hasta Nueva York para una reunión familiar. A St. Peter le divrudía y complacía ver que a Louie le pesaba sinceramente dejarlos; con muy poco estímulo habría mandado a su hermano solo y se habría quedado en Chicago con su esposa y su suegro.
Almorzaron todos juntos, tras lo cual el profesor y Rosamond llevaron a los hermanos Marsellus a la estación de LaSalle Street. Cuando Louie les hubo mandado besos con la mano una y otra vez desde la plataforma de observación del Twentieth Century, y se alejó rodando en el preciso instante en que le gritaba algo a su esposa, St. Peter, que tantas veces se había quejado de que había demasiado Louie en su vida, sintió de pronto un vacío, una clara sensación de pérdida.
Tomó del brazo a Rosamond, y se alejaron de los relucientes rieles. —Debemos ser aplicados, Rosie. Él espera maravillas de nosotros.