historia del Renacimiento o, como dijo San Pedro, una cátedra renacentista de historia. En los últimos años, por motivos que no tenían mucho que ver con sus clases, a Langtry le había ido mucho mejor. Para las nuevas generaciones de muchachos de campo y de pueblo que ahora acudían en masa a la universidad, Langtry se había convertido, de un modo curioso, en un profesor de modales, en lo que se llama una «influencia». Para el muchacho agricultor que jugaba al fútbol, que tenía una buena asignación pero no sabía cómo vestir ni qué decir, Langtry le parecía un atajo. En varias ocasiones había llevado grupos de universitarios a Londres durante el verano, y estos habían regresado maravillosamente acicalados. Introdujo en la universidad una fraternidad muy popular, y sus miembros velaban por sus intereses, al igual que su hermandad femenina afiliada. Su posición en el claustro era ahora tan buena como la del propio San Pedro, y el profesor se preguntaba de qué seguía teniendo que estar resentido Langtry.
¿De qué servía continuar con la enemistad?
Habían llegado allí siendo hombres jóvenes, luchando por sus puestos y sus vidas; ahora ya no eran tan jóvenes; probablemente ninguno de los dos llegaría a ocupar nunca un cargo mejor.
¿No podía ver Langtry que aquello era un empate, que ambos habían sido vencidos?