un vasito, y solía llenarlo en el manantial y sacarlo a la luz del sol. El agua parecía cristal líquido, absolutamente incolora, sin el ligero tinte pardusco o verdoso que el agua casi siempre tiene. Despedía la luz del sol como un diamante.
Al lado de este manantial se encontraban algunas de las jarras de agua de formas más bellas que jamás hayamos encontrado —le regalé una a la señora St. Peter—, paradas allí como si las hubieran dejado ayer.
En el patio trasero encontramos una gran cantidad de cosas además de jarras y cuencos:
- una hilera de piedras de moler y varios hornos de barro, muy parecidos a los que usan los mexicanos hoy en día.
Había huesos carbonizados y carbón vegetal, y el techo estaba cubierto de hollín de un extremo a otro. Era evidentemente una especie de cocina comunitaria, donde asaban, horneaban y probablemente charlaban.
Había zuros de maíz por todas partes, y mazorcas con los granos aún puestos —pequeños, como palomitas de maíz—. También encontramos frijoles secos, y tiras de semillas de calabaza, y de ciruela, y una alacena llena de pequeños implementos hechos con huesos de pavo.
Tarde aquel día, Roddy y yo cruzamos el río y volvimos a nuestra cabaña para descansar unos días.
La segunda vez que fuimos, encontramos un largo sendero serpenteante que iba desde la Ciudad de los Acantilados hasta la cima de la mesa: un camino estrecho excavado profundamente en las cornisas de piedra que sobresalían por encima del pueblo, para luego adentrarse en el bosque de piñones achaparrados de la cumbre. Siguiéndolo hacia el extremo norte de la mesa, hallamos los restos de un viejo camino que bajaba a la llanura. Pero hacer que este camino fuera transitable requería semanas, y tuvimos