Por fin salí de Washington, más sabio que cuando llegué. No tenía planes, no quería otra cosa que volver a la mesa y vivir una vida libre y respirar aire puro, y no volver a ver jamás, jamás, a cientos de hombrecitos con levita negra saliendo a borbotones de edificios blancos. Qué cosa, resulta mucho más deprimente que los obreros saliendo de una fábrica.
Me sentí terriblemente decepcionado cuando bajé del tren en Tarpin y Roddy no estaba en la estación para recibirme. Era última hora de la tarde, casi de noche, y fui derecho al establo de alquiler para pedirle noticias de Blake a Bill Hook. Hook, como recordarán, nos habías hecho todas las mudanzas y había sido un buen amigo. Me saludó calurosamente y me dijo que Blake estaba en la meseta.
—Supongo que tal vez le hayan herido los sentimientos por aquí. Últimamente le ha estado huyendo a este pueblo. Verás, Tom, a la gente no le importaba nada esa mesita mientras ustedes andaban por allá jugando a Robinson Crusoe, desenterrando curiosidades. Pero cuando se filtró que Blake había conseguido mucho dinero por sus cosas, entonces empezaron a sentir envidia; decían que esas ruinas no le pertenecían a Blake más que a cualquier otro. Con el tiempo se le pasará; la gente siempre es así cuando cambia dinero de manos. Pero ahora mismo hay bastante mala onda.
Le dije que no sabía de qué hablaba.
—¿Quieres decir que no te has enterado de lo del alemán, Fechtig? ¡Vaya, Rodney te tiene preparada una sorpresita! ¡Si es que ha tenido una suerte maldita! Ha ganado una bonita pequeña fortuna con tus cosas.
Le supliqué que me dijera a qué demonios se refería.
—Pues sus curiosidades. Ese alemán, Fechtig, pasó por aquí; había estado comprando un montón de cosas indígenas por estos rumbos, y compró