demasiado rápido; así que comencé a aprender de memoria largos pasajes de Virgilio; de no haber sido por eso, tal vez habría olvidado cómo usar mi voz, o me habría puesto a hablar sola. Cuando miro la Eneida ahora, siempre puedo ver dos imágenes: la que está en la página y otra detrás de esa: rocas azules y púrpuras y pinos piñoneros verde amarillentos de copas planas, pequeñas casas agrupadas que se aferraban unas a otras en busca de protección, una torre rústica que se alzaba en medio de ellas, que se alzaba fuerte, con calma y valor; detrás de ella, una gruta oscura, en cuyas profundidades manaba un manantial de cristal.
La felicidad es algo que no se puede explicar. Tienen que creerme. Después vinieron bastantes problemas, pero quedó aquel verano, alto y azul, una vida en sí mismo.
El invierno siguiente volví a Pardee y me alojé otra vez con los O’Brien, trabajando en la cuadrilla y estudiando con el padre Duchene y tratando de tener alguna noticia de Blake.
Ahora que había vuelto al ferrocarril, pensé que no dejaría de encontrarlo. Fui a Winslow y a Williams, y pregunté a los ferroviarios. Lo anunciamos por todos los medios posibles, pusimos a todos los agentes de la Santa Fe, a la policía y a los misioneros católicos a vigilar para encontrarlo, ofrecimos mil dólares de recompensa a quien lo hallara. Pero no sirvió de nada.
El padre Duchene y nuestros amigos de allá abajo aún lo siguen buscando. Pero cuanto más viejo me hago, más comprendo lo que hice aquella noche en la meseta. Cualquiera que retribuya la fe y la amistad como yo lo hice, tendrá que pagarlo. No soy muy optimista respecto a la buena suerte para mí. Tendré que rendir cuentas cuando menos lo espere.