Con Louie, Lillian parecía estar embarcándose en una nueva carrera, y Godfrey empezó a pensar que conocía muy poco a su propia esposa.
Habría apostado a que ella se sentiría respecto a Louie exactamente igual que él; lo habría tratado como a un forastero en el pueblo, por ser tan inusual y exótico, pero sin el menor deseo de adoptar a alguien tan extranjero en el círculo familiar.
Ella siempre había sido quisquillosa hasta un grado irracional con los pequeños detalles de la buena educación. Nunca pudo perdonarle al pobre Tom Outland el ángulo en el que a veces sostenía un cigarro en la boca, ni el hecho de que nunca aprendió a comer ensalada con soltura.
En la mesa del comedor, si Tom, dejándose llevar por la charla, a veces volvía a sus costumbres de vagón restaurante y apartaba el plato una vez terminado un tiempo, la cara de Lillian se volvía positivamente cruel en su desprecio.
Las irregularidades de ese tipo la ponían de los nervios. Pero Louie podía sorber la sopa de forma ruidosa o besarla sonoramente en la mejilla en una recepción de la facultad, y a ella parecía gustarle.
Sí, con sus yernos había vuelto a empezar el juego de ser mujer. Se vestía para ellos, hacía planes para ellos, intrigaba en beneficio de ellos. Había empezado a recibir gente como no lo hacía desde hacía años —la nueva casa era un pretexto plausible— y a usar su influencia y su encanto en el pequeño y ansioso mundillo social de Hamilton. Estaba sumamente interesada en el éxito y la felicidad de esos dos jóvenes, vivía en las carreras de ellos como una vez lo había hecho en la de él. Era espléndido, se decía St. Peter. No iba a tener que afrontar un trecho de aburrimiento entre ser una mujer joven y ser una abuela joven. Era menos inteligente y más sensata de lo que él había pensado.
Cuando Godfrey bajó las escaleras listo para cenar, Louie se había ido. Se acercó a la silla donde su esposa estaba leyendo y le tomó la mano.