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nydus/The Professor’s HousePublic
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VI

todo su equipo y pagó cuatro mil dólares al contado por él. La transacción armó un buen revuelo aquí en Tarpin. No me quejo. Saqué un buen provecho de eso. Mis mulas estuvieron ocupadas tres semanas sacando las cosas de allí a lomo, y le metí al holandés un precio exhorbitante. Mandó a hacer cajones de empaque en la carrocería y se los llevó a la mesa llenos de paja y aserrín, y empacó las curiosidades allá arriba. También perdí una de mis mulas. ¿Se acuerda de Jenny? Bueno, la iban bajando con una caja grande encima, y justo ahí donde el sendero es tan angosto alrededor de un saliente en el acantilado sobre Black Canyon, perdió el equilibrio y cayó directo al fondo, con todo y carga. Casi mil pies, supongo. Nunca bajamos a hacerle la autopsia, pero Fechtig la pagó como todo un caballero.

Recuerdo que me senté en el sofá de la oficina de Hook porque ya no podía tenerme en pie, y el olor de las mantas de caballo empezó a darme náuseas mortales. En un minuto me desvanecí, como una chica de novela. Hook me sacó a la acera y me dio un trago de whisky de su petaca.

Cuando me sentí mejor le pregunté cuánto tiempo hacía que se había ido aquel alemán, y qué había hecho con las cosas.

—Ah, se marchó hace tres semanas. No perdió el tiempo. Aunque trató bien a todo el mundo; nadie le guarda resentimiento.

Contra el que están en contra es contra su socio. Fechtig se llevó las cosas consigo, fletó un vagón de mercancías y viajó en el vagón con ellas. Supongo que ya estará en el agua.

Se lo llevó directo al Viejo México, y tenía pensado cargarlo en un barco francés. Parece que tenía miedo de tener problemas para sacar antigüedades de los puertos de Estados Unidos. Ya sabe que de la Ciudad de México se puede sacar cualquier cosa.

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