Las paredes exteriores de las casas estaban intactas, excepto donde a veces una esquina saliente se había desmoronado. Estaban hechas de sillares, revocados por dentro y por fuera con adobe, y pintados de colores claros, rosa, amarillo pálido y canela.
Aquí y allá, un tronco de cedro del techo había cedido y dejado caer la cámara del segundo piso en el primero; salvo por eso, había pocos escombros o desorden.
Como señaló Blake, el viento y el sol son buenos amos de casa.
Este pueblo jamás había sido saqueado por un enemigo, desde luego. Dentro de las pequeñas habitaciones, los cántaros de agua y los cuencos se encontraban intactos y había esteras de fibra de yuca en los suelos.
Solo pudimos echar un vistazo rápido por el lugar, ya que se nos habían acabado las provisiones y teníamos que cruzar el río de vuelta antes de que oscureciera. Caminamos con suavidad, procurando no perturbar nada: ni siquiera el silencio. Aparte de la torre, parecía haber unas treinta pequeñas viviendas independientes. Detrás del grupo de casas había una especie de patio trasero, que se extendía de un extremo a otro de la caverna; un espacio largo, bajo y crepuscular que iba bajando gradualmente hacia el fondo hasta que la roca del borde se encontraba con el suelo de la caverna, exactamente igual que el techo inclinado de una buhardilla. Allí atrás reinaba una penumbra perpetua, fresca, umbría, muy reconfortante después del sol abrasador del patio delantero. Al entrar, escuchamos un suave murmullo de agua y dimos con un manantial que brotaba de la roca hacia una pila de piedra y luego se escapaba por un canalón de cantos rodados y goteaba por los acantilados. Nunca en ninguna parte he probado un agua igual; tan fría como el hielo y de una pureza absoluta. Mucho tiempo después, el padre Duchene vino a pasar una semana con nosotros a la mesa; siempre llevaba consigo