joven McGregor se ponía sus gafas de pasta y deambulaba inquieto de arriba abajo por la biblioteca. Las dos hijas se sentaron junto a su madre, escuchando la conversación sobre China.
Mrs. St. Peter era de tez muy blanca, rosa y dorada—un dorado pálido, ahora que empezaba a encanecer. Los matices de su rostro, su cabello y sus pestañas eran tan suaves que al conocerla uno no advertía cuán bien y tajantemente perfilados estaban sus facciones, bajo la sonriente infusión de color. Cuando estaba disgustada o cansada, las líneas se tornaban severas. Rosamond, la hija mayor, se parecía a su madre en las facciones, aunque su rostro era más pesado. Su colorido era totalmente diferente; cabello negro oscuro, ojos de un negro profundo, una piel blanca y suave con un intenso rojo castaño en mejillas y labios. Casi todo el mundo consideraba a Rosamond deslumbrantemente hermosa. Su padre, aunque estaba muy orgulloso de ella, difería de la opinión general. La encontraba demasiado alta, con un porte más bien torcido. Se encorvaba un poco, y era ancha de caderas y hombros. Tenía, según comentaba a veces con la madre, exactamente el fémur ancho y el omóplato plano de su viejo abuelo canadiense de costado plano. Para un hachador de árboles eran una ventaja. Pero St. Peter era muy exigente. La mayoría de la gente solo veía la lustrosa cabeza negra de Rosamond y su garganta blanca, y el rojo de sus labios curvos que era como la oscuridad de las rosas oscuras y de pesado aroma.
Kathleen, la hija menor, parecía aún más joven de lo que era; tenía la esbelta y poco desarrollada figura que entonces estaba muy de moda. Era pálida, de claros ojos avellana, y su cabello tenía el color de la avellana con destellos claramente verdosos. Para su padre había algo muy encantador en las extrañas sombras que sus anchos pómulos proyectaban sobre sus mejillas, y en la airosa inclinación de su cabeza. Su perfil, solía decirle, parecía exactamente un signo de interrogación.
A la señora St. Peter le gustaba francamente tener un yerno que pudiera sumar conocidos con sir Edgar desde el Sudán hasta Alaska. Scott,