Durante aquel verano posterior a la graduación de Outland, St. Peter llegó a conocer todo cuanto se ocultaba tras su reserva.
La señora St. Peter y las dos chicas estaban en Colorado, y el profesor se encontraba solo en la casa, escribiendo los volúmenes tercero y cuarto de su historia.
Tom llevaba a cabo algunos experimentos propios en el laboratorio de Física. Él y St. Peter solían estar juntos por la tarde, y las buenas tardes de sol iban a nadar.
Todos los sábados el profesor le cedia la casa a la limpiadora, y él y Tom se iban al lago y pasaban el día en su velero.
Era exactamente el tipo de verano que le gustaba a St. Peter, si es que tenía que estar en Hamilton. Era su propio cocinero y había acumulado una selecta variedad de quesos y ligeros vinos italianos traídos por un importador exigente de Chicago. Todas las mañanas, antes de sentarse a su escritorio, daba un paseo hasta el mercado y elegía las frutas y ensaladas a su gusto. Cenaba a las ocho. Cuando preparaba una buena pierna de cordero, saignant, bien frotada con ajo antes de meterla a la sartén, entonces invitaba a cenar a Outland. Sobre un plato de espárragos humeantes, envueltos en una servilleta para conservar el calor, y una botella de Asti espumoso, conversaban y veían caer la noche en el jardín. Si la tarde resultaba lluviosa o fresca, se sentaban adentro a leer a Lucrecio.
Fue en una de aquellas noches lluviosas, ante el fuego del comedor, cuando Tom contó por fin la historia que siempre se había guardado. No era nada demasiado incriminatorio, nada muy notable; una historia de derrota juvenil, el tipo de cosas que a un muchacho le hieren la sensibilidad hasta que se hace mayor.