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nydus/The Professor’s HousePublic
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I

El profesor había descubierto que el mejor método, en invierno, era abrir el gas al máximo y mantener la ventana abierta de par en par con el pestillo, aunque tuviera que ponerse una chaqueta de cuero sobre la americana de trabajo. Con ese sistema, de algún modo se había apañado para tener suficiente aire con el que trabajar.

Se preguntó ahora por qué nunca había buscado una estufa mejor, un modelo más nuevo; o por qué al menos no había pintado esta, descascarada por el óxido.

Pero solo había podido tirar adelante descuidando las comodidades negativas.

No era en modo alguno un asceta. Sabía que era teriblemente egoísta con respecto a los placeres personales, y luchaba por ellos.

Si algo le daba deleite, lo conseguía, aunque tuviera que vender la camisa que llevaba puesta. Prescindiendo de muchas llamadas necesidades se había apañado para tener sus lujos.

Podría, por ejemplo, haber tenido una práctica lámpara eléctrica colgante conectada al enchufe situado sobre su mesa de trabajo. Preferiblemente escribía a la luz de una fiel lámpara de queroseno que él mismo llenaba y cuidaba. Pero a veces descubría que la lata de aceite del armario estaba vacía; entonces, para conseguir más, habría tenido que bajar por la casa hasta el sótano, y en su camino casi con seguridad se interesaría por lo que los niños estaban haciendo, o por lo que su esposa estaba haciendo, o notaría que el linóleo de la cocina se estaba rompiendo bajo el fregadero donde la empleada doméstica lo levantaba con los pies, y se detendría a fijarlo con tachuelas. En ese peligroso viaje a través de la casa humana podría perder la inspiración, el entusiasmo, e incluso la paciencia.

De modo que cuando la lámpara se quedaba sin aceite —y eso solía ocurrirle en medio del pasaje más importante— se encasquetaba una

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