San Pedro estaba tan contento con sus flores que no se le había ocurrido comprar más; pero durante toda su vida lamentó no haber comprado dos ramos y haber apurado un poco más su buena suerte. Nunca más había vuelto a encontrar dalias de un color tan hermoso, ni dispuestas con tanto encanto junto a brillantes hojas de castaño.
Un momento después bajaba paseando la colina, preguntándose a quién podría regalar su ramo, cuando una patética procesión desfiló junto a él bajo la lluvia. Las niñas de una escuela benéfica caminaban de dos en dos, con horribles uniformes oscuros y sombreros redondos de fieltro sin cinta ni lazo, custodiadas por cuatro monjas de cofia negra. Todas miraban hacia abajo, todas menos una —la bonita, naturalmente—, y ella miraba de soslayo, directamente al estudiante y a sus flores. Sus miradas se cruzaron, ella sonrió y, justo cuando él extendía la mano con el ramo, una de las hermanas aleteó como un cuervo negro y ocultó el lindo rostro de la niña. Tendría que pagar caro por esa sonrisa, temía él. Godfrey pasó el día en los Jardines de Luxemburgo y regresó a pie a la Gare St. Lazare al caer la tarde sin más que su billete de vuelta en el bolsillo, muy contento de llegar a casa, a Versalles, a tiempo para la cena familiar.
Cuando fue a vivir por primera vez con los Thierault, había encontrado a Madame Thierault severa y exigente, tacaña con su ropa y mezquina con el queso y la fruta que cenaba. Pero al final fue muy buena con él; nunca lo malcrió, pero podía contar con ella. Sus tres hijos siempre habían sido sus mejores amigos. Gaston, a quien más quería, había muerto, abatido en el levantamiento de los bóxers en China. Pero Pierre aún vivía en Versalles y Charles tenía un negocio en Marsella. Cuando estaba en Francia, las casas de ellos eran la suya. Eran mucho más cercanos a él que sus propios hermanos. Fue un verano en que se encontraba en Francia, con Lillian y las dos niñas, cuando se le ocurrió por primera vez la idea de escribir una obra sobre los primeros exploradores españoles, y había acudido de inmediato a los Thierault. Tras darle a su esposa el dinero