El mes de marzo era el más triste y sombrío del año en Hamilton, y Louie se esforzaba por alegrarlo abriendo el debate sobre los planes para el verano. Llevaba tiempo insinuando que se traía un proyecto muy atractivo entre manos, y aunque no había conseguido ocultárselo a la señora St. Peter, no le dijo nada al Profesor hasta una noche en que cenaban en casa de los Marsellus. Durante toda la cena, Louie no dejó de recordarles las especialidades de este y aquel restaurante de París, de modo que St. Peter no los pilló del todo desprevenidos.
Al salir del comedor, Louie lo soltó de golpe. Él y Rosamond iban a llevar al doctor y a la señora St. Peter a Francia durante el verano. Louie ya había decidido las fechas, el barco, el itinerario; estaba embriagado por el placer de planificar.
“Entienda —dijo—, ha de ser nuestra excursión, de Hamilton de regreso a Hamilton. Viajaremos con la más amplia comodidad, pero sin suntuosidad. Bajaremos a Biarritz en busca de algo de vida mundana, y pararemos en Marsella para ver a su hermano de leche, Charles Thierault. El resto del verano llevaremos una vida erudita en París.
Tengo mis propias razones para desear que me acompañe, profesor. El placer de su compañía bastaría de sobra, pero también tengo otros motivos. Quiero ver el lado intelectual de París y conocer a algunos de los sabios y hombres de letras que usted conoce. ¡Qué pena que Gaston Paris no viva! Podríamos haber organizado muy bien una pequeña reunión en Lapérouse para él. Pero hay otros”.
Mrs. St. Peter desarrolló el argumento.
«Sí, Louie, tú y Godfrey podéis almorzar con los eruditos mientras Rosamond y yo vamos de compras».