bordeados de una hermosa vegetación, arboledas de álamos temlones, piñones y unos cuantos cedros oscuros, encaramados en el aire como los jardines colgantes de Babilonia. A ciertas horas del día, aquellos cedros, que crecían tan alto en las rocas, adquirían el tinte azulado de los propios acantilados.
Allá arriba había claridad mucho antes que entre nosotros. Cuando me levantaba al amanecer y bajaba al río por agua, nuestro campamento estaba frío y gris, pero la cima de la mesa se ponía roja con la salida del sol, y todos los esbeltos cedros junto a las rocas se volvían dorados: metálicos, como papel de oro deslustrado. Algunas mañanas se alzaba imponente sobre el río oscuro como un volcán en llamas. También acortaba nuestros días, considerablemente. El sol se ocultaba tras ella temprano por la tarde, y entonces nuestro campamento quedaba en su sombra. Al poco tiempo, el color del atardecer empezaba a brotar por