a enviar a la muerte a millones de esclavos —compatriotas y coloniales— en aras del carbón, los ferrocarriles y otros beneficios.
Durante la guerra surgieron de las filas de la burguesía —grande, mediana y pequeña— cientos de miles de oficiales, combatientes profesionales, hombres cuyo carácter ha recibido el temple del combate y se ha liberado de toda atadura externa: soldados cualificados, listos y capaces de defender la posición privilegiada de la burguesía que los engendró con una ferocidad que, a su manera, raya en el heroísmo.
La revolución sería probablemente más humana si el proletariado tuviera la posibilidad de «comprar a toda esta banda», como dijo una vez Marx. Pero el capitalismo durante la guerra ha impuesto a los trabajadores una carga de deuda demasiado grande, y ha socavado tan profundamente los cimientos de la producción, que no podemos contemplar seriamente un rescate a cambio del cual la burguesía hiciera pacíficamente las paces con la revolución. Las masas han perdido demasiada sangre, han sufrido demasiado, se han vuelto demasiado salvajes como para aceptar una decisión que económicamente estaría fuera de sus posibilidades.