aterrorizante; pues no fueron capaces de mover un dedo para evitar la mayor catástrofe de la historia mundial, los cuatro años de matanza imperialista, que presagiaban el carácter violento de la guerra civil.
En verdad, hay que endosarse un gorro de dormir apelmazado no solo sobre los ojos, sino también sobre la nariz y los oídos, para ser capaz hoy, tras el inglorioso colapso de la Segunda Internacional, tras la vergonzosa bancarrota de su partido dirigente —la socialdemocracia alemana—, tras la sangrienta demencia de la matanza mundial y la gigantesca envergadura de la guerra civil, de contraponer a nosotros la profundidad, la lealtad, la pacificación y la sobriedad de la Segunda Internacional, cuya herencia todavía estamos liquidando.