El burgués capitalista calcula:
“Mientras yo tenga en mis manos las tierras, las fábricas, los talleres, los bancos; mientras posea periódicos, universidades, escuelas; mientras —y esto es lo más importante de todo— conserve el control del ejército: el aparato de la democracia, por mucho que lo reestructureis, seguirá obedeciendo a mi voluntad. Subordino a mis intereses espiritualmente a la pequeña burguesía, estúpida, conservadora y sin carácter, del mismo modo que se halla sometida a mí materialmente. Oprimo, y oprimirá, su imaginación mediante la escala gigantesca de mis edificios, mis transacciones, mis planes y mis crímenes. Para los momentos en que esté descontenta y murmure, he creado decenas de válvulas de seguridad y pararrayos. En el momento oportuno haré surgir partidos de oposición que desaparecerán mañana, pero que hoy cumplen su misión al ofrecer la posibilidad de que la pequeña burguesía exprese su indignación sin perjuicio alguno para el capitalismo. Mantendré a las masas populares, bajo la cobertura de la enseñanza general obligatoria, al borde de la completa ignorancia, sin darles la oportunidad de elevarse por encima del nivel que mis expertos en esclavitud espiritual consideran seguro. Corromperé, engañaré y aterrorizaré a los sectores más privilegiados o más atrasados del propio proletariado. Mediante estas medidas no permitiré que la vanguardia de la clase obrera gane el oído de la mayoría de la clase obrera, mientras los instrumentos necesarios de dominio y terrorismo permanezcan en mis manos”.
A esto responde el proletario revolucionario: > «En consecuencia, la primera condición de salvación es arrancar las armas de dominación de las manos de