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Terrorismo y Comunismo

principalmente campesina, bajo la dirección de los trabajadores más avanzados. De este modo no hubo, ni podía haber, ningún obstáculo de principio en el camino de la aplicación del ejército al trabajo.

En otras palabras, la oposición de principio a los ejércitos de trabajo, por parte de esos mismos mencheviques, era en realidad oposición al trabajo «obligatorio» en general, y por consiguiente, al servicio laboral general y a los métodos soviéticos de reconstrucción económica en su conjunto. Esta oposición no nos preocupó demasiado.

Naturalmente, el aparato militar como tal no está adaptado directamente al proceso del trabajo. Pero no nos hacíamos ilusiones al respecto.

El control debía permanecer en manos de los órganos económicos apropiados; el ejército suministraba la fuerza de trabajo necesaria en forma de unidades organizadas y compactas, aptas en masa para la ejecución de los tipos de trabajo homogéneos más simples:

  • el despeje de las carreteras de nieve,
  • el almacenamiento de combustible,
  • obras de construcción,
  • organización del transporte,

etc., etc.

Hoy ya tenemos una experiencia considerable en la labor de la aplicación laboral del ejército, y podemos dar no meramente una estimación preliminar o hipotética. ¿Cuáles son las conclusiones que deben extraerse de esa experiencia? Los mencheviques se han apresurado a extraerlas. El mismo Abramóvich, de nuevo, anunció en el Congreso de Mineros que nos habíamos bancarrota, que los ejércitos de trabajo representan formaciones parasitarias, en las que hay 100 funcionarios por cada diez trabajadores.

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