El austromarxista es capaz de mostrar un abismo perfecto de profundidad en la explicación del ayer y una osadía considerable al profetizar sobre el mañana; pero para el hoy nunca tiene un gran pensamiento ni capacidad para la gran acción. El hoy se desvanece siempre para él ante la ola de pequeñas preocupaciones oportunistas, que más tarde se explican como el eslabón más inevitable entre el pasado y el futuro.
El austromarxista es inagotable cuando se trata de descubrir razones para impedir la iniciativa y hacer difícil la acción revolucionaria.
El austromarxismo es una teoría erudita y jactanciosa de pasividad y capitulación.
Naturalmente, no es por accidente que fuera precisamente en Austria, en esa Babilonia desgarrada por estériles antagonismos nacionales, en ese Estado que representaba la imposibilidad personificada de existir y desarrollarse, donde surgió y se consolido la pseudomarxista filosofía de la imposibilidad de la acción revolucionaria.
Los principales marxistas austriacos representan, cada uno a su manera, una cierta «individualidad». En varias cuestiones más de una vez no coincidieron. Incluso tuvieron diferencias políticas. Pero, en general, son dedos de una misma mano.
Karl Renner es el representante más pretencioso, sólido y vanidoso de este tipo. El don de la imitación literaria, o, más simplemente, de la falsificación estilística, le ha sido concedido en un grado excepcional. Su artículo del Primero de Mayo representaba una combinación encantadora de las palabras más revolucionarias. Y, como tanto las palabras como sus combinaciones viven, dentro de ciertos límites, con su propia vida independiente, los artículos de Renner despertaron en los corazones de muchos trabajadores un fuego revolucionario que su autor al parecer nunca conoció.