Si no repudiamos formalmente la Asamblea Constituyente de antemano, fue únicamente porque esta se contraponía, no al poder de los sóviets, sino al poder del propio Kérenski, el cual, a su vez, no era más que una pantalla para la burguesía.
Al mismo tiempo, sí decidimos de antemano que, si la mayoría en la Asamblea Constituyente resultaba favorable a nosotros, dicho organismo debía disolverse y transferir el poder a los sóviets, tal como lo hizo más tarde el Ayuntamiento de Petrogrado, elegido este sobre la base del sufragio más democrático.
En mi libro sobre la Revolución de Octubre, intenté explicar las razones que convirtieron a la Asamblea Constituyente en el reflejo anacrónico de una época por la cual la revolución ya había pasado.
Como veíamos la organización del poder revolucionario únicamente en los Sóviets, y en el momento de la convocatoria de la Asamblea Constituyente los Sóviets ya eran el poder de facto, la cuestión se decidió inevitablemente para nosotros en el sentido de la disolución violenta de la Asamblea Constituyente, dado que esta no se disolvía a favor del Gobierno de los Sóviets.
—Pero ¿por qué —pregunta Kautsky— no convocó una nueva Asamblea Constituyente?
Porque no veíamos la necesidad de ello. Si bien la primera Asamblea Constituyente aún podía desempeñar un fugaz papel progresista al otorgar una sanción al régimen soviético en sus primeros días, convincente para los elementos de la clase media, ahora, tras dos años de dictadura proletaria victoriosa y el colapso total de todos los intentos democráticos en Siberia, a orillas del mar Blanco, en Ucrania y en el