de la clase media se les plantea únicamente la alternativa entre Denikin o el Gobierno soviético. ¿Qué otra prueba se necesita cuando incluso los partidos que defienden el compromiso en principio, como los mencheviques y los socialrevolucionarios, se han escindido precisamente a lo largo de esa línea?
Al sugerirnos la elección de una Asamblea Constituyente, ¿propone Kautsky la interrupción de la guerra civil con el propósito de celebrar las elecciones? ¿Por decisión de quién?
Si con este fin pretende poner en movimiento la autoridad de la Segunda Internacional, nos apresuramos a informarle de que dicha institución goza en el campo de Denikin de poca más autoridad que en el nuestro.
Pero en la medida en que la guerra civil entre el Ejército de los Trabajadores y Campesinos y las bandas imperialistas aún continúa, las elecciones deben limitarse necesariamente al territorio soviético.
¿Desea Kautsky insistir en que debemos permitir que los partidos que apoyan a Denikin salgan a la luz pública? ¡Vana y despreciable charlatanería! No hay un solo gobierno, en ningún momento ni bajo ninguna condición, que permita a sus enemigos movilizar fuerzas hostiles en la retaguardia de sus ejércitos.
Un lugar no poco importante en la discusión de la cuestión lo ocupa el hecho de que la flor de la población trabajadora se encuentra actualmente en servicio activo. Los trabajadores de vanguardia y los campesinos más conscientes de su clase, que ocupan el primer lugar en todas las elecciones, al igual que en todas las actividades políticas importantes, dirigiendo la opinión pública de los trabajadores, están luchando y muriendo actualmente como comandantes, comisarios o soldados rasos en el Ejército Rojo.