de estepas primitivas, más posible aún es semejante marcha forzada para la economía socialista. Después de haber vencido nuestra terrible miseria, de haber acumulado pequeñas reservas de materias primas y alimentos, y de haber mejorado nuestro transporte, podremos saltar por encima de toda una serie de etapas intermedias, beneficiándonos del hecho de que no estamos atados por las cadenas de la propiedad privada y de que, por lo tanto, podemos subordinar todas las empresas y todos los elementos de la vida económica a un único plan estatal.
Así, por ejemplo, podremos indudablemente entrar en el período de electrificación, en todas las ramas principales de la industria y en la esfera del consumo personal, sin pasar por «la era del vapor». El programa de electrificación ya está trazado en una serie de etapas lógicamente consecuentes, correspondientes a las etapas fundamentales del plan económico general.
Una nueva guerra puede retrasar la realización de nuestras intenciones económicas; nuestra energía y nuestra persistencia pueden y deben acelerar el proceso de nuestro renacimiento económico.
Pero, sea cual fuere el ritmo al que los acontecimientos económicos se desarrollen en el futuro, es evidente que en la base de todo nuestro trabajo —movilización laboral, militarización del trabajo, subbótniks y otras formas de voluntariado laboral comunista— debe hallarse un plan económico único.
Y el período que tenemos ante nosotros nos exige la concentración completa de todas nuestras energías en los primeros problemas elementales: alimentos, combustible, materias primas, transporte.
No permitir que nuestra atención se desvíe, no disipar nuestras fuerzas, no malgastar nuestras energías. Tal es el único camino hacia la salvación.