La Comuna, en su tradición y en la concepción de su partido político dirigente —los blanquistas—, fue la expresión de la dictadura de la ciudad revolucionaria sobre el campo. Así ocurrió en la gran Revolución francesa; así habría sucedido en la revolución de 1871 si la Comuna no hubiera caído en los primeros días. El hecho de que en el propio París se eligiera un Gobierno sobre la base del sufragio universal no excluye un hecho mucho más significativo, a saber: el de las operaciones militares llevadas a cabo por la Comuna, una sola ciudad, contra la Francia campesina, es decir, todo el país. Para satisfacer al gran demócrata Kautsky, los revolucionarios de la Comuna habrían debido, como trámite previo, consultar mediante el sufragio universal a toda la población de Francia para saber si les permitía librar una guerra contra las bandas de Thiers.
Finalmente, en el mismo París, las elecciones tuvieron lugar después de que la burguesía, o al menos sus elementos más activos, hubiera huido, y después de que las tropas de Thiers hubieran sido evacuadas.
La burguesía que se quedó en París, a pesar de toda su desfachatez, aún temía a los batallones revolucionarios, y las elecciones se celebraron bajo los auspicios de ese miedo, que era el precursor de lo que en el futuro habría sido inevitable, a saber, del Terror Rojo.
Pero consolarse con el pensamiento de que el Comité Central de la Guardia Nacional, bajo cuya dictadura —por desgracia, una dictadura muy débil y formalista— se celebraron las elecciones a la Comuna, no infringió el principio del sufragio universal, es verdaderamente barrer con la sombra de una escoba.
Entreteniéndose con estériles analogías, Kautsky se aprovecha de la circunstancia de que su lector no está al corriente de los hechos.