La dictadura de clase, según Kautsky, no puede crearse instituciones que respondan a su naturaleza, porque no existen líneas de demarcación entre las clases.
Pero en tal caso, ¿qué ocurre con la lucha de clases en general? ¿No era acaso en la existencia de numerosas etapas de transición entre la burguesía y el proletariado donde los teóricos de la pequeña burguesía encontraban siempre su principal argumento contra el «principio» de la lucha de clases?
Para Kautsky, sin embargo, las dudas sobre el principio empiezan justamente en el momento en que el proletariado, tras haber superado la indefinición y la inestabilidad de la clase intermedia, habiendo atraído a una parte de ella a su lado y arrojado al resto al campo de la burguesía, ha organizado efectivamente su dictadura en la Constitución soviética.
La mismísima razón por la cual los sóviets constituyen un aparato absolutamente irremplazable en el Estado proletario radica en que su estructura es elástica y flexible, lo que trae como resultado que no solo los cambios sociales, sino también los políticos en las relaciones de clases y sectores puedan hallar una expresión inmediata en el aparato soviético.
Comenzando por las mayores fábricas y talleres, los sóviets atraen luego a su organización a los obreros de los talleres privados y a los dependientes de comercio, proceden a adentrarse en la aldea, organizan a los campesinos contra los terratenientes y, por último, a los sectores pequeño y mediano del campesinado contra los más ricos.
El Estado obrero agrupa a numerosos planteles de empleados, en medida considerable procedentes de las filas de la burguesía y de las clases instruidas burguesas.