Nuestra capa dirigente de la clase obrera es demasiado delgada. Esa capa que conoció el trabajo clandestino, que prolongó durante mucho tiempo la lucha revolucionaria, que estuvo en el extranjero, que leyó mucho en las prisiones y en el exilio, que tenía experiencia política y una amplia perspectiva, es el sector más precioso de la clase obrera. Luego hay una generación más joven que ha estado haciendo conscientemente la revolución, a partir de 1917. Este es un sector muy valioso de la clase obrera. Dondequiera que pongamos los ojos —en la construcción soviética, en los sindicatos, en el frente de la guerra civil—, en todas partes encontramos que la parte principal es desempeñada por esta capa superior del proletariado. La principal labor del Gobierno soviético durante estos dos años y medio ha consistido en maniobrar y arrojar a la sección más avanzada de los trabajadores de un frente a otro.
Las capas más profundas de la clase trabajadora, surgidas de la masa campesina, tienen una inclinación revolucionaria, pero carecen aún demasiado de iniciativa. La enfermedad de nuestro campesino ruso es el instinto gregario, la ausencia de personalidad: en otras palabras, la misma cualidad que solían ensalzar nuestros narodniks [populistas] reaccionarios, y que León Tolstói ensalzó en el personaje de Platón Karatáyev: el campesino fundiéndose en su comunidad rural, sometiéndose a la tierra.
Es bien evidente que la economía socialista no se funda en Platón Karatáyev, sino en el trabajador pensante dotado de iniciativa. Esa iniciativa personal es necesario desarrollarla en el trabajador. La base personal bajo la burguesía significaba el individualismo egoísta y la competencia. La base personal bajo la clase obrera no entra en contradicción ni con la solidaridad ni con la cooperación fraternal.