Incluso muchos de esos pedantes que durmieron durante el período preparatorio del desarrollo imperialista en las últimas décadas, y continuaron manteniendo una actitud tradicional hacia las ideas de democracia y sufragio universal, comenzaron a sentir durante la guerra que sus ideas habituales se habían cargado de algún significado nuevo.
Absolutismo, monarquía parlamentaria, democracia: en presencia del imperialismo (y, por consiguiente, en presencia de la revolución que se alza para tomar su lugar), todas las formas estatales de la supremacía burguesa, desde el zarismo ruso hasta el federalismo cuasidemocrático norteamericano, han recibido iguales derechos, ligadas en combinaciones tales que se complementan mutuamente en un todo indivisible.
El imperialismo logró, mediante todos los recursos de que disponía, incluido el parlamentarismo, independientemente de la aritmética electoral del voto, subordinar para sus propios fines en el momento crítico a las clases pequeñoburguesas de la ciudad y del campo, e incluso a las capas superiores del proletariado.
La idea nacional, bajo cuya consigna el Tercer Estado ascendió al poder, halló en la guerra imperialista su renacimiento en la consigna de la defensa nacional.
Con una claridad inesperada, la ideología nacional flameó por última vez a expensas de la ideología de clase.
El derrumbe de las ilusiones imperialistas, no sólo entre los vencidos sino —tras cierto retraso— también entre los victoriosos, abatió por fin a lo que un tiempo fuera la democracia nacional y, con ella, a su arma principal: el parlamento democrático.
La flacidez, la podredumbre y la impotencia de las clases medias y de sus partidos se pusieron de manifiesto en todas partes con aterradora claridad.