tomar la fábrica en sus manos como un todo, y por demostrar, tanto a sí mismo como a los demás, que es capaz de llevar a cabo su obra. En cambio, si ese administrador es un debilucho que no se sostiene con mucha firmeza sobre sus pies, intenta asociar a otro consigo mismo, pues en compañía de otro su propia debilidad pasará desapercibida. En un principio colegiado semejante hay un fundamento muy peligroso: la extinción de la responsabilidad personal.
Si un trabajador es capaz pero carece de experiencia, naturalmente requiere un guía: bajo su control aprenderá, y mañana lo designaremos capataz de una pequeña fábrica. Ese es el camino por el cual avanzará.
En un consejo accidental, en el que la fortaleza y la debilidad de cada uno no están claras, el sentimiento de responsabilidad desaparece inevitablemente.
Nuestra resolución habla de un enfoque sistemático del principio de dirección unipersonal —naturalmente, no de un solo plumazo—. Aquí son posibles variantes y combinaciones.
- Donde el trabajador pueda arreglárselas solo, pongámoslo al frente de la fábrica y démosle un experto como ayudante.
- Donde haya un buen experto, pongámoslo al frente y démosle como ayudantes a dos o tres trabajadores.
- Finalmente, donde una «junta» haya demostrado en la práctica su capacidad de trabajo, conservémosla.
Esta es la única actitud seria que debe adoptarse, y solo de este modo llegaremos a la organización correcta de la producción.
Hay otra consideración de carácter social y educativo que me parece sumamente importante.