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Terrorismo y Comunismo

En un momento de cambio psicológico de esta índole, el papel desempeñado por la cúspide –el Estado, por un lado, y el Partido revolucionario, por el otro– adquiere una importancia colosal.

Un impulso decidido desde la izquierda o desde la derecha es suficiente para inclinar al proletariado, durante un determinado periodo, hacia uno u otro bando. Esto lo vimos en 1914, cuando, bajo la presión aunada de los gobiernos imperialistas y de los partidos patrióticos socialistas, la clase trabajadora perdió de repente su equilibrio y fue precipitada por las vías del imperialismo.

Desde entonces hemos visto cómo la experiencia de la guerra, los contrastes entre sus resultados y sus primeros objetivos, sacude a las masas en un sentido revolucionario, haciéndolas cada vez más capaces de una revuelta abierta contra el capitalismo. En tales condiciones, la presencia de un partido revolucionario, que se rende cuenta clara de las fuerzas motrices de la época actual y comprende el papel excepcional que en ellas desempeña una clase revolucionaria; que conoce sus fuerzas inagotables, pero no reveladas; que cree en esa clase y cree en sí mismo; que conoce el poder del método revolucionario en una época de inestabilidad de todas las relaciones sociales; que está dispuesto a emplear ese método y llevarlo hasta el final: la presencia de semejante partido representa un factor de incalculable importancia histórica.

Y por otra parte, el partido socialista, que disfruta de una influencia tradicional, que no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor, que no comprende la situación revolucionaria y, por tanto, no encuentra la clave para resolverla, que no cree ni en el proletariado ni en sí mismo; un partido así es, en nuestra época, el obstáculo más pernicioso de la historia y una fuente de confusión y de caos inevitable.

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