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Terrorismo y Comunismo

Cáucaso, el poder de los soviets ciertamente no necesita la bendición de la autoridad marchita de la Asamblea Constituyente. «¿No tenemos derecho a concluir en tal caso —pregunta Kautsky con el tono de Lloyd George— que el Gobierno soviético gobierna por la voluntad de la minoría, ya que evita someter a prueba su supremacía mediante el sufragio universal?». He aquí un golpe que falla el blanco.

Si el régimen parlamentario, incluso en el período de desarrollo «pacífico» y estable, era un método bastante burdo para descubrir la opinión del país, y en la época de tempestad revolucionaria perdió por completo su capacidad de seguir el curso de la lucha y el desarrollo de la conciencia revolucionaria, el régimen soviético, que está más estrecha, directa y honestamente ligado a la mayoría trabajadora del pueblo, adquiere significado no por reflejar estáticamente a una mayoría, sino por crearla dinámicamente.

Habiendo tomado el camino de la dictadura revolucionaria, la clase obrera de Rusia ha declarado con ello que edifica su política en el período de transición, no sobre el arte ilusorio de la rivalidad con partidos de colores camaleónicos en la caza de los votos campesinos, sino sobre la atracción real de las masas campesinas, codo a codo con el proletariado, hacia la obra de gobernar el país en los intereses reales de las masas laboradoras.

Esa democracia cala un poco más hondo que el parlamentarismo.

Hoy, cuando el problema principal —la cuestión de vida o muerte— de la revolución consiste en el rechazo militar de los diversos ataques de las bandas de la Guardia Blanca, ¿se imagina Kautsky que alguna forma de «mayoría» parlamentaria es capaz de garantizar una organización más enérgica, abnegada y exitosa de la defensa revolucionaria? Las condiciones de la lucha están tan definidas, en un país revolucionario estrangulado por el círculo criminal del bloqueo, que a todos los grupos

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