Clemenceau y Lloyd George. Ellos tienen en sus manos pan y carbón —y verdaderamente el pan y el carbón, especialmente en nuestro tiempo, son factores tan primordiales en el mecanismo del equilibrio de poder como los cañones en la constitución de Lassalle—. Llevada de las alturas a la tierra, la idea de Adler consiste, por consiguiente, en lo siguiente: que el proletariado austriaco no debe tomar el poder hasta el momento en que Clemenceau (o Millerand, es decir, un Clemenceau de segunda categoría) se lo permita.
Sin embargo, incluso aquí es permisible preguntar: ¿Corresponde realmente la política del propio Clemenceau al equilibrio de fuerzas?
A primera vista puede parecer que corresponde bastante bien y, si no puede demostrarse, está al menos garantizada por los gendarmes de Clemenceau, que disuelven las reuniones de la clase obrera y arrestan y fusilan a los comunistas.
Pero aquí no podemos dejar de recordar que las medidas terroristas del Gobierno soviético —es decir, los mismos cacheos, detenciones y ejecuciones, solo que dirigidos contra los contrarrevolucionarios— son consideradas por algunos como una prueba de que el Gobierno soviético no corresponde al equilibrio de fuerzas.
En vano empezaríamos, sin embargo, a buscar en nuestro tiempo, en cualquier parte del mundo, un régimen que, para preservarse, no recurriera a medidas de severa represión de masas.
Esto significa que las fuerzas de clase hostiles, habiendo roto el marco de todo tipo de ley —incluida la de la “democracia”—, se esfuerzan por encontrar su nuevo equilibrio mediante una lucha despiadada.
Cuando se estaba instaurando el régimen soviético en Rusia, no solo los políticos capitalistas, sino también los oportunistas socialistas de todos