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Terrorismo y Comunismo

Tercera República ha sido el período de la completa descomposición de la democracia. El bonapartismo ha hallado en la República de la Bolsa de Poincaré y Clemenceau una expresión más acabada que en el Segundo Imperio. Es verdad que la Tercera República no estuvo coronada por la diadema imperial; pero, a cambio, se proyectó sobre ella la sombra del zar ruso.

En su apreciación de la Comuna, Marx evita cuidadosamente utilizar la moneda gastada de la terminología democrática.

“La Comuna —escribe— no fue un parlamento, sino una institución de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo”.

En primer lugar, Marx presenta, no la forma democrática particular de la Comuna, sino su esencia de clase. La Comuna, como es sabido, abolió el ejército permanente y la policía, y decretó la confiscación de los bienes eclesiásticos. Hizo esto en virtud del derecho de la dictadura revolucionaria de París, sin el permiso de la democracia general del Estado, que en ese momento había encontrado formalmente una expresión mucho más «lícita» en la Asamblea Nacional de Thiers.

Pero una revolución no se decide por votos.

“La Asamblea Nacional —dice Marx— no era más ni menos que uno de los episodios de aquella revolución, cuyo verdadero exponente era, sin embargo, el París armado”.

¡Qué lejos está esto de la democracia formal!

“Solo se requería que el orden comunal de las cosas”, dice Marx, “fuera establecido en París y en los centros secundarios, y el viejo gobierno central habría tenido que ceder también en las provincias al autogobierno de los productores”.

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