estatal de la clase trabajadora en el período de transición más difícil. Es precisamente por esta razón que hablamos de la militarización del trabajo. El destino de los mencheviques es arrastrarse a la cola de los acontecimientos y reconocer aquellas partes del programa revolucionario que ya han tenido tiempo de perder toda importancia práctica. Hoy los mencheviques, aunque con reservas, no niegan la legitimidad de las medidas severas contra los guardias blancos y los desertores del Ejército Rojo: se han visto obligados a reconocer esto tras sus propios experimentos lamentables con la «democracia». Aparentemente han comprendido —muy tarde— que, cuando uno está cara a cara con las bandas contrarrevolucionarias, no se puede vivir de frases sobre la gran verdad de que bajo el socialismo no necesitaremos el Terror Rojo. Pero en la esfera económica, los mencheviques todavía intentan remitirnos a nuestros hijos y, en particular, a nuestros nietos. A pesar de todo, tenemos que reconstruir nuestra vida económica hoy, sin esperar, bajo las circunstancias de una herencia muy dolorosa dejada por la sociedad burguesa y una guerra civil aún inconclusa.
El menchevismo, como todo el kautskismo en general, se ahoga en analogías democráticas y abstracciones socialistas. Una y otra vez se ha demostrado que para él no existen los problemas del periodo de transición, es decir, de la revolución proletaria. De ahí la falta de vida de su crítica, de sus consejos, de sus planes y de sus recetas. La cuestión no es lo que va a suceder dentro de veinte o treinta años —en esa fecha, por supuesto, las cosas irán mucho mejor—, sino de cómo salir hoy de nuestras ruinas luchando, de cómo distribuir inmediatamente la fuerza de trabajo, de cómo elevar hoy la productividad del trabajo y de cómo actuar, en particular, en el caso de aquellos 4.000 obreros cualificados que retiramos del ejército en los Urales.