transformados del servicio militar al de trabajo, como profetizaban los escépticos. Gracias a nuestra magníficamente organizada agitación, el traspaso en sí tuvo lugar en medio de un gran entusiasmo.
Es verdad que una parte de los soldados intentó abandonar el ejército, pero esto siempre ocurre cuando una gran formación militar es trasladada de un frente a otro, o es enviada de la retaguardia al frente —en general cuando sufre una sacudida— y cuando la deserción potencial se vuelve activa.
Pero de inmediato los departamentos políticos, la prensa, los órganos de lucha contra la deserción, etc., entraron en funciones; y hoy el porcentaje de desertores en nuestros ejércitos de trabajo no es en absoluto superior al de nuestros ejércitos en activo.
La afirmación de que los ejércitos, debido a su estructura interna, solo pueden producir un pequeño porcentaje de trabajadores, es cierta solo hasta cierto punto. En lo que concierne al Tercer Ejército, ya he señalado que conservó todo su aparato de administración junto con un número extremadamente insignificante de unidades militares. Si bien nosotros —debido a consideraciones militares y no económicas— mantuvimos intactos el estado mayor del ejército y su aparato administrativo, el porcentaje de trabajadores producido por el ejército fue en realidad extremadamente bajo. Del número total de 120.000 soldados rojos, el 21% resultó estar empleado en trabajos administrativos y económicos; el 16% se dedicaba a labores cotidianas de detalle (guardias, etc.) en relación con el gran número de instituciones y almacenes del ejército; el número de enfermos, principalmente casos de tifus, junto con el personal médico-sanitario, rondaba el 13%; alrededor del 25% no estaba disponible por diversas razones (destacamento, permisos, ausencias injustificadas, etc.). De este modo, el personal total disponible para el trabajo no constituye más del 23%; este es el máximo que se puede destinar a las labores a partir del ejército dado. En realidad, al principio, solo trabajaba alrededor del