Sin embargo, nuestro terrible acusador Kautsky, en todo su libro, no dice una sola palabra sobre el hecho de que nos encontramos en un estado de autodefensa revolucionaria perpetua, de que estamos librando una guerra intensa contra los opresores del mundo, la «única guerra justa de la historia».
Kautsky se arranca una vez más los cabellos porque el Gobierno soviético, durante la Guerra Civil, recurrió al severo método de tomar rehenes. Presenta de nuevo comparaciones vanas y deshonestas entre el feroz Gobierno soviético y la humana Comuna. Clara y contundente suena a este respecto la opinión de Marx: «Cuando Thiers, desde el mismo comienzo del conflicto, impuso la práctica humana de fusilar a los communards capturados, a la Comuna, para proteger las vidas de dichos prisioneros, no le quedó más remedio que recurrir a la costumbre prusiana de tomar rehenes. Las vidas de los rehenes se habían perdido una y otra vez debido al continuo fusilamiento de prisioneros por parte de los versallescos. ¿Cómo se podía seguir perdonando sus vidas después del baño de sangre con el que los pretorianos de MacMahon celebraron su entrada en París?». ¿Cómo de otro modo, nos preguntaremos junto con Marx, se puede actuar en las condiciones de una guerra civil, cuando la contrarrevolución, que ocupa una parte considerable del territorio nacional, captura allí donde puede a los trabajadores desarmados, a sus mujeres, a sus madres, y los fusila o los cuelga; cómo de otro modo se puede actuar que no sea tomando como rehenes a los seres queridos o de confianza de la burguesía, colocando así a toda la clase burguesa bajo la espada de Damocles de la responsabilidad mutua?
No sería difícil demostrar, día a día a través de la historia de la guerra civil, que todas las medidas severas del Gobierno soviético le fueron impuestas como medidas de autodefensa revolucionaria. No entraremos aquí en detalles. Pero, para ofrecer aunque sea un criterio parcial para valorar las condiciones de la lucha, recordemos al lector que,