extraordinaria sorpresa con la que recibirá la revolución proletaria en Alemania como «un conflicto sumamente indeseable». Dudamos, sin embargo, de que la posteridad le acredite esto como un mérito. En realidad, hay que calificar su analogía histórica como una combinación de confusión, omisión y sugerencia fraudulenta.
Las intenciones que Thiers abriga respecto a París las abrigaba Miliukov, apoyado abiertamente por Tseretelli y Chernov, respecto a Petrogrado.
Todos ellos, desde Kornílov hasta Potrésov, afirmaban día tras día que Petrogrado se había aislado del país, que no tenía nada en común con él, que estaba completamente corrompido y que intentaba imponer su voluntad a la colectividad.
Derrocar y humillar a Petrogrado era la primera tarea de Miliukov y de sus ayudantes. Y esto ocurría en un período en que Petrogrado era el verdadero centro de la revolución, que aún no había logrado consolidar su posición en el resto del país.
El antiguo presidente de la Duma, Rodzianko, hablaba abiertamente de entregar Petrogrado a los alemanes con fines aleccionadores, tal como se había entregado Riga. Rodzianko no hacía más que poner nombre a lo que Miliukov intentaba llevar a cabo y a lo que Kerenski secundaba con toda su política.
Miliukov, como Thiers, deseaba desarmar al proletariado. Más aún: gracias a Kerenski, Chernov y Tsereteli, el proletariado de Petrogrado fue desarmado en gran medida en julio de 1917. Fue rearmado parcialmente durante la marcha de Kornílov sobre Petrogrado en agosto. Y este nuevo armamento fue un elemento serio en la preparación de la insurrección de noviembre.