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Terrorismo y Comunismo

habrían sido arrestados si no hubiesen abandonado el Consejo a tiempo, como hicieron en un momento dado los miembros burgueses de la Comuna de París. El curso de los acontecimientos habría sido el mismo: solo que en su superficie ciertos episodios se habrían desarrollado de otro modo.

Al apoyar la democracia de la Comuna y al mismo tiempo acusarla de una actitud insuficientemente decidida respecto a Versalles, Kautsky no comprende que las elecciones comunales, realizadas con la ayuda ambigua de los alcaldes y diputados «legales», reflejaban la esperanza de un acuerdo pacífico con Versalles.

Éste es todo el quid de la cuestión. Los dirigentes anhelaban un compromiso, no una lucha. Las masas aún no se habían desprendido de sus ilusiones. Las reputaciones revolucionarias inmerecidas aún no habían tenido tiempo de ser desenmascaradas. Todo ello en conjunto se llamaba democracia.

“Debemos elevarnos por encima de nuestros enemigos mediante la fuerza moral”, predicó Vermorel. “No debemos pisotear la libertad y la vida individual...”. Esforzándose por evitar la guerra fratricida, Vermorel hizo un llamado a la burguesía liberal, a la que hasta entonces había fustigado sin piedad, para que estableciera “un Gobierno legítimo, reconocido y respetado por toda la población de París”. El Journal Officiel, publicado bajo la dirección del internacionalista Longuet, escribió: > “El triste malentendido que en las jornadas de junio (de 1848) armó a dos clases de la sociedad la una contra la otra no puede repetirse... El antagonismo de clases ha dejado de existir”. (30 de marzo) Y añadía:

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