León Trotsky
Kautsky echa a un lado con altivez las opiniones de Marx sobre el terror, expresadas por este en la Neue Rheinische Zeitung, pues por aquel entonces, ya ve usted, Marx era todavía muy «joven» y, por consiguiente, sus opiniones aún no habían tenido tiempo de llegar a ese estado de total enfeblecimiento que se observa tan claramente en el caso de ciertos teóricos en la séptima década de su vida.
Como contraste al verde Marx de 1848-49 (¡el autor del Manifiesto Comunista!), Kautsky cita al Marx maduro de la época de la Comuna de París, y este último, bajo la pluma de Kautsky, pierde su gran melena de león y se nos aparece como un razonador sumamente respetable, que se inclina ante los santos lugares de la democracia, declama sobre lo sagrado de la vida humana y está lleno de toda la debida reverencia hacia los encantos políticos de Scheidemann, Vandervelde y, en particular, de su propio nieto biológico, Jean Longuet.
En una palabra, Marx, aleccionado por la experiencia de la vida, resulta ser un kautskiano bien educado.
Del inmortal La guerra civil en Francia, cuyas páginas han cobrado una vida nueva e intensa en nuestra propia época, Kautsky solo ha citado aquellas líneas en las que el poderoso teórico de la revolución social contrastaba la generosidad de los comuneros con la ferocidad burguesa de los versallescos. Kautsky ha banalizado estas líneas y las ha convertido en un tópico. ¡Marx como predicador de una humanidad abstracta, como apóstol del amor universal al género humano! Como si estuviéramos hablando de Buda o de León Tolstói... Es