De no haber estado el país tan exhausto, y de haber tenido el proletariado la posibilidad de ofrecer a las masas campesinas la cantidad necesaria de mercancías y de bienes culturales, la adaptación de la mayoría trabajadora del campesinado al nuevo régimen se habría producido de forma mucho menos dolorosa.
Pero el desorden económico del país, que no fue resultado de nuestra política agraria o de abastecimiento, sino que fue generado por las causas que precedieron a la aparición de dicha política, privó a la ciudad durante un período prolongado de cualquier posibilidad de dar a la aldea los productos de las industrias textil y metalúrgica, bienes de importación, etcétera.
Al mismo tiempo, la industria no podía dejar por completo de extraer de la aldea toda la reserva de recursos alimenticios, por pequeña que fuera. El proletariado exigió al campesinado la concesión de créditos alimentarios, subsidios económicos en concepto de valores que apenas ahora está a punto de crear. El símbolo de esos valores futuros era el signo de crédito, privado ya definitivamente de todo valor.
Pero la masa campesina no es muy dada a la perspectiva histórica. Vinculada al Gobierno soviético por la abolición del latifundismo y viendo en él una garantía contra la restauración del zarismo, el campesinado, al mismo tiempo, no pocas veces se opone a la recaudación de grano, considerándolo un mal negocio en tanto en cuanto no reciba él mismo percal impreso, clavos y queroseno.
El Gobierno soviético se esforzó naturalmente por imponer el peso principal del impuesto en especie sobre los estratos superiores de la aldea. Pero, en las amorfas condiciones sociales de la aldea, el campesinado influyente, acostumbrado a arrastrar tras de sí a los campesinos medios, encontró decenas de métodos para trasladar el impuesto alimentario de sí mismo a las amplias masas del campesinado, colocándolas de este modo en una posición de hostilidad y oposición al poder soviético.