A la generación anterior le ha costado perdonar su sinceridad. El resto de nosotros queremos comprender el milagro.
La verdadera audacia de los bolcheviques radicó en esto: en que hicieron una revolución proletaria precisamente en aquel país que, de todas las porciones del mundo civilizado, parecía el menos preparado para ella por su desarrollo económico.
Para una revuelta agraria, para la subdivisión de la tierra, incluso para el derrocamiento de la antigua clase gobernante, Rusia estaba sin duda preparada. Pero cualquier revolución espontánea, con sus cimientos asentados en las masas del campesinado, habría sido individualista y no comunista.
La osadía de los bolcheviques residió en su creencia de que la diminuta minoría de la clase trabajadora urbana podía, mediante su concentración, su mayor inteligencia y su relativa capacidad de organización, dominar a la masa campesina inerte y conferir a su estallido de hambre de tierras el carácter y la forma de una revolución proletaria constructiva.
La amarga lucha entre los partidos rusos que duró desde marzo de 1917 hasta la derrota de Wrangel en noviembre de 1920, fue en realidad una competencia intestina entre ellos por el liderazgo de los campesinos. ¿Cuál de estos diversos grupos podría granjearse su confianza, hasta el punto de inducirlos no solo a luchar, sino a aceptar la disciplina, militar y civil, necesaria para la victoria? Al principio, los bolcheviques lo tenían todo en contra. Casi todos son gente de ciudad. Hablaban en términos de una doctrina extranjera y muy alemana. Pocos de ellos, salvo Lenin, comprendían en absoluto los problemas de la vida rural. La clase terrateniente al menos debería haber conocido mejor al campesino. Sus principales rivales fueron los Socialrevolucionarios; un