alberga en el fondo de su mente es que repudiamos la democracia, no por una cuestión de principios, sino únicamente porque resultó estar en nuestra contra. Para agarrar esta insinuación por las orejas, establezcamos
La consigna «¡Todo el poder a los soviets!» fue lanzada por nuestro partido al mismo comienzo de la revolución, es decir, mucho antes no solo del decreto sobre la disolución de la Asamblea Constituyente, sino del decreto sobre su convocatoria.
Es verdad que no opusimos los soviets a la futura Asamblea Constituyente —cuya convocatoria el gobierno de Kérenski aplazaba constantemente, volviéndose por tanto cada vez más problemática—.
Pero, en cualquier caso, no consideramos la Asamblea Constituyente a la manera de los demócratas, como el futuro amo de la tierra rusa, que llegaría y lo arreglaría todo. Explicamos a las masas que los soviets, organizaciones revolucionarias de las propias masas trabajadoras, pueden y deben convertirse en los verdaderos amos.