“Ahora todos los conflictos se apaciguarán, porque todos están inspirados por un sentimiento de solidaridad, porque nunca antes hubo tan poco odio social y antagonismo social”. (3 de
En la sesión de la Comuna del 25 de abril, Jourdé, y no sin fundamento, se felicitaba por el hecho de que la Comuna «nunca había infringido el principio de la propiedad privada».
Por este medio esperaban ganarse a la opinión pública burguesa y hallar el camino hacia un compromiso.
“Semejante doctrina”, dice Lavrov, y con razón, “no desarmó en lo más mínimo a los enemigos del proletariado, quienes comprendían perfectamente lo que su éxito les amenazaba, y tan solo socavó la energía proletaria y, por decirlo así, la cegó deliberadamente ante sus enemigos irreconciliables”. (Página 137)
Pero esta doctrina debilitante estaba indisolublemente ligada a la ficción de la democracia. Fue la forma de legalidad fingida la que les permitió pensar que el problema se resolvería sin lucha.
“En lo que respecta a la masa de la población”, escribe Arthur Arnould, miembro de la Comuna, “estaba hasta cierto punto justificada en su creencia en la existencia de, como mínimo, un acuerdo oculto con el Gobierno”.
Incapaces de atraer a la burguesía, los compromisarios, como siempre, engañaron al proletariado.
La prueba más clara de que, en las condiciones de la inevitable y ya iniciada guerra civil, el parlamentarismo democrático expresaba únicamente la impotencia de conciliación de los grupos dirigentes, fue el absurdo procedimiento de las elecciones complementarias a la Comuna del 6 de abril.