Los trabajadores rusos no habían pasado, como los franceses, por una larga escuela de democracia y parlamentarismo que en una época determinada representó un factor importante en la educación política del proletariado.
Pero, por otra parte, la clase obrera rusa no llevaba grabada en su alma la amargura de la disolución y el veneno del escepticismo, que hasta un momento determinado y —esperemos— no muy lejano, frenan todavía la voluntad revolucionaria del proletariado francés.
La Comuna de París sufrió una derrota militar antes de que los problemas económicos se le hubieran planteado en toda su magnitud.
A pesar de las espléndidas cualidades combativas de los obreros de París, el destino militar de la Comuna se determinó inmediatamente como desesperado.
La indecisión y el espíritu de componenda arriba provocaron el colapso abajo.
El sueldo de la Guardia Nacional se pagaba sobre la base de la existencia de 162.000 soldados rasos y 6.000 oficiales; el número de los que realmente entraron en combate, especialmente tras la infructuosa salida del 3 de abril, oscilaba entre veinte y treinta mil.
Estos hechos no comprometen en lo más mínimo a los obreros de París, y no nos dan derecho a considerarlos cobardes y desertores –aunque, por supuesto, no faltó la deserción. Para un ejército combatiente tiene que haber, ante todo, un aparato de administración centralizado y exacto. De esto la Comuna no tenía ni