A esto hay que añadir otras circunstancias que actúan en la misma dirección. La burguesía de los países vencidos se halla enconada por la derrota, cuya responsabilidad se inclina a echar sobre las masas rasas: sobre los obreros y campesinos que resultaron incapaces de llevar «la gran guerra nacional» a un final victorioso.
Desde este punto de vista, resultan muy instructivas aquellas explicaciones, sin par por su descaro, que Ludendorff dio a la comisión de la Asamblea Nacional. Las bandas de Ludendorff arden en deseos de vengarse de su humillación en el extranjero con la sangre de su propio proletariado.
En cuanto a la burguesía de los países victoriosos, se ha inflado de arrogancia y está más dispuesta que nunca a defender su posición social con la ayuda de los métodos bestiales que garantizaron su victoria.
Hemos visto que la burguesía es incapaz de organizar el reparto del botín entre sus propias filas sin guerra ni destrucción. ¿Puede, acaso, renunciar por completo a su botín sin presentar batalla?
La experiencia de los últimos cinco años no deja la menor duda al respecto: si ya antes era absolutamente utópico esperar que la expropiación de las clases propietarias —gracias a la «democracia»— tuviera lugar de forma imperceptible y sin dolor, sin insurrecciones, conflictos armados, intentos de contrarrevolución y severa represión, el estado de cosas que hemos heredado de la guerra imperialista predetermina, por partida doble y triple, el carácter tenso de la guerra civil y de la dictadura del proletariado.