planteamiento de la cuestión de este tipo es absolutamente falso. Nadie exige a los socialistas que aspiran al comunismo que fijen un estallido revolucionario para una semana o un mes determinados en un futuro próximo.
Lo que la Tercera Internacional exige de sus partidarios es el reconocimiento, no de palabra sino de obra, de que la humanidad civilizada ha entrado en una época revolucionaria; de que todos los países capitalistas se precipitan hacia perturbaciones colosales y una guerra de clases abierta; y de que la tarea de los representantes revolucionarios del proletariado es preparar para esa guerra inevitable y próxima el armamento espiritual y el baluarte organizativo necesarios.
Los internacionalistas que consideran posible en el momento actual colaborar con Kautsky, Longuet y Turati, aparecer junto a ellos ante las masas trabajadoras, renuncian por ese mismo hecho en la práctica a la labor de preparar en lo ideológico y en lo organizativo el alzamiento revolucionario del proletariado, con independencia de que este llegue un mes o un año antes o después.
Para que el surgimiento abierto de las masas proletarias no se disipe en búsquedas tardías de caminos y dirección, debemos velar hoy mismo por que amplios círculos del proletariado aprendan desde ahora a comprender toda la inmensidad de las tareas que tienen ante sí, y su irreconciliabilidad con todas las variantes del kautskianismo y el oportunismo.
Un ala verdaderamente revolucionaria, es decir, comunista, debe erigirse en oposición, ante las masas, a todos los grupos indecisos, tibios de doctrinarios, abogados y panegiristas de la pasividad, fortaleciendo sus posiciones ante todo en el plano espiritual y luego en la esfera de la organización: abierta, semiabierta y puramente conspirativa. El momento de la ruptura formal con los kautskianos abiertos y disimulados, o el momento de su expulsión de las filas del partido de la