En todo su libro, Kautsky no menciona siquiera el hecho de que, primero, el militarismo alemán —con la ayuda de sus Scheidemann y la apatía de sus Kautsky— y luego el militarismo de los países de la Entente —con la ayuda de sus Renaudel y la apatía de sus Longuet— nos rodearon de un bloqueo de hierro; se apoderaron de todos nuestros puertos; nos cortaron de todo el mundo; ocuparon, con la ayuda de bandas blancas a sueldo, enormes territorios ricos en materias primas; y nos separaron por un largo período del petróleo de Bakú, del carbón del Donets, del trigo del Don y de Siberia, y del algodón del Turquestán.
Kautsky no dice ni una sola palabra sobre el hecho de que, en estas condiciones, sin precedentes por su dificultad, la clase obrera rusa lleva cerca de tres años librando una lucha heroica contra sus enemigos en un frente de 8.000 verstas; de que la clase obrera rusa supo cambiar su martillo por la espada y creó un poderoso ejército; de que para este ejército movilizó su industria exhausta y, a pesar de la ruina del país, al que los verdugos de todo el mundo habían condenado al bloqueo y a la guerra civil, durante tres años, con sus propias fuerzas y recursos, ha estado vistiendo, alimentando, armando y transportando a un ejército de millones —un ejército que ha aprendido a vencer—.
Acerca de todas estas condiciones guarda silencio Kautsky en un libro consagrado al comunismo ruso. Y su silencio es la mentira fundamental, capital, principal —a decir verdad, una mentira pasiva, pero más criminal y más repulsiva que la mentira activa de todos los bribones de la prensa burguesa internacional tomados en conjunto.
Calumniando la política del Partido Comunista, Kautsky no dice en ninguna parte qué es lo que él mismo quiere y lo que propone. Los bolcheviques no estaban solos en la arena de la revolución rusa. Vimos y vemos en ella —ya en el poder, ya en la oposición— a los SR (no menos de cinco grupos y tendencias), a los mencheviques (no menos de