Si el imperialismo alemán demostró ser lo suficientemente poderoso, en 1917-18, como para imponernos la Paz de Brest, después de todos nuestros esfuerzos por arrancarnos esa soga del cuello, una de las principales razones fue la vergonzosa conducta del Partido Socialdemócrata alemán, del cual Kautsky seguía siendo una parte integral y esencial.
La Paz de Brest quedó predeterminada el 4 de agosto de 1914. En ese momento, Kautsky no solo no declaró la guerra al militarismo alemán, como más tarde exigió al Gobierno soviético —el cual en 1918 todavía carecía de poder desde el punto de vista militar—, sino que Kautsky propuso de hecho votar a favor de los créditos de guerra, «bajo ciertas condiciones»; y, en general, se comportó de tal manera que durante meses fue imposible descubrir si estaba a favor de la guerra o en contra de ella.
Y este cobarde político, que en el momento decisivo renunció a las posiciones principales del socialismo, se atreve a acusarnos de habernos visto obligados, en un momento dado, a retroceder, no en los principios, sino materialmente. ¿Y por qué? Porque fuimos traicionados por la socialdemocracia alemana, corrompida por el kautskianismo, es decir, por la prostitución política disimulada con teorías.
¡Sí que nos preocupamos por la situación internacional! En realidad, teníamos un criterio mucho más profundo para juzgar la situación internacional; y no nos engañó. Ya antes de la Revolución de Febrero el ejército ruso había dejado de existir como fuerza combatiente. Su derrumbe final estaba predeterminado.