revolucionaria ha de pagar por el poder. Pero que tendrá que pagar con sangre, que en la lucha por la conquista del poder y por su consolidación el proletariado no solo tendrá que ser masacrado, sino también matar —de esto jamás abrigó la menor duda ningún revolucionario serio—. Anunciar que la existencia de una implacable lucha a vida o muerte entre el proletariado y la burguesía «es una negación absoluta de todo progreso» significa simplemente que las cabezas de algunos de nuestros más reverendos teóricos tienen la forma de una cámara oscura, en la que los objetos se representan invertidos.
Pero, aun cuando se aplica a países más avanzados y cultos con tradiciones democráticas establecidas, no hay absolutamente ninguna prueba de la justicia del argumento histórico de Kautsky.
De hecho, el argumento en sí no es nuevo. En otro tiempo, los revisionistas le dieron un carácter más basado en principios. Se esforzaron por demostrar que el crecimiento de las organizaciones proletarias bajo condiciones democráticas garantizaba la transición gradual e imperceptible –reformista y evolutiva– hacia la sociedad socialista, sin huelgas generales ni levantamientos, sin la dictadura del proletariado.
Kautsky, en aquel período culminante de su actividad, demostró que, a pesar de las formas de la democracia, las contradicciones de clase de la sociedad capitalista se profundizaban, y que este proceso debía conducir inevitablemente a una revolución y a la conquista del poder por el proletariado.
Nadie, por supuesto, trató de calcular de antemano el número de víctimas que serán reclamadas por la insurrección revolucionaria del proletariado y por el régimen de su dictadura. Pero para todos era