revolucionaria, intentó situarse exactamente tan a la izquierda de Kautsky como antes de la revolución se había situado a su derecha. Desde este punto de vista, la opinión de Max Adler sobre el sistema soviético es sumamente instructiva.
El filósofo ecléctico vienés admite la significación de los sóviets. Su valor llega hasta el extremo de adoptarlos. Incluso los proclama como el aparato de la Revolución Social. Max Adler, desde luego, está a favor – de una revolución social. Pero no de una revolución tempestuosa, barricada, terrorista, sangrienta, sino de una revolución sensata, equilibrada económicamente, canonizada legalmente y aprobada filosóficamente.
Max Adler ni siquiera se aterra por el hecho de que los soviets infrinjan el «principio» de la separación constitucional de poderes (¡en la socialdemocracia austriaca hay muchos tontos que ven en tal infracción un gran defecto del sistema soviético!). Por el contrario, Max Adler, el abogado sindicalista y consejero jurídico de la revolución social, ve en la concentración de poderes incluso una ventaja, que permite la expresión directa de la voluntad proletaria. Max Adler es partidario de la expresión directa de la voluntad proletaria; solo que no mediante la toma directa del